آندرس گیمنو: Grande y bueno ، muy bueno


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Andres Gimeno, sonriente. Años 70.
Andres Gimeno, sonriente. Años 70.

Andrés Gimeno muere tras una larga enfermedad

La muerte de Andrés Gimeno Tolaguera quizá toque el corazoncito solamente de los aficionados al tenis. Es lógico y la vez injusto. Andrés, el bueno de Andreu, fue solamente tenista. Pero un tenista completo. Un tenista total. Un tenista de la talla de su gran amigo Manolo Santana. Pudo haber sido también un fenómeno social, pero pagó el tributo de elitismo que en sus tiempos el tenis exigía a los trabajadores. Gimeno, como tenista, era igual que como persona. Bueno, muy bueno. Un tenista que rompió moldes, que ganó en Queen’s siendo un joven imberbe, que ganó en Roland Garros cuando era un ilustre veterano y que cuando cambió la raqueta por el micrófono enseñó a querer el tenis a una generación de españoles.

Andreu ha muerto a los 82 años, tras haber vivido 82 años de tenis. Era hijo de Esteban, profesor de tenis del R.C.T. Barcelona, y quizá el entrenador de más talla de la época. Y en las pistas del club jugó cuando niño con Luis y Alberto, hijos de Basilio Arilla. también trabajador del club. Con el tiempo jugarían en Copa Davis junto a Manolito Santana, otro recogepelotas que por las mismas fechas corría por las pistas del Club Velázquez de Madrid, y luego con otro Manuel, Orantes, que también empezó su carrera al servicio de los señores socios.

El R.C.T. Barcelona recibe a Gimeno y Arilla tras su gira australiana, 1958

Algunos de estos, como el propio Conde de Godó, apadrinaron a un Andrés que recibía clases de su padre y que de forma natural, a finales de los años 50 fue pasando a los circuitos internacionales fogueándose ante nombres consagrados del tenis internacional. En 1954 debutó en Copa Davis y asciende a la cima del tenis español pero aquello, sin embargo, era poco: el tenis, aún ese tenis que no había salido de los clubes, era consciente de que las batallas de verdad se daban en un campo internacional, en cuyas pistas aún había quien se sorprendía de ver un tenista español.

Andrés y Manolo, principalmente, fueron cambiando aquello. En 1958 Andreu y Lis Arilla se fueron a Australia, becados por la Federación ‘aussie’ y el R.C.T. Barcelona, adquiriendo una impagable experiencia internacional junto a jóvenes como Laver, Emerson y Rosewall y el mítico técnico Harry Hopman. Los años 60 encuentran a un un Gimeno que había pasado de ser larguirucho a espigado como campéon del Godó, de Queen’s y cabeza de serie en Roland Garros. En ese momento le llegó la llamada de Jack Kramer, el creador del tenis profesional: Un mínimo de 50.000 dólares por tres años. Podía ganar más vía premios. Pero si ganaba menos, Jack pondría la diferencia. Consultó con sus amigos, Santana y los Arilla. Manolo le animó: el contrato no salía vivo de esa reunión. Si Andreu no lo aceptaba, lo cogía otro.

Hubo revuelo, porque el tenis “amateur” de la época expulsaba a los profesionales de “las mejores pistas”: Las del Grand Slam y las de la Copa Davis. Era absurdo: todo el mundo sabía que los tenistas cobraban por jugar los torneos y por llevar uno u otro material. Pero según la norma del puritanismo universal, todo se podía hacer, pero en secreto. El tenis profesional se ‘vengaba’ llevándose mucho talento: Andreu hizo grupo con, entre otros, Pancho Gonzales, Alex Olmedo, Lew Hoad o Ashley Cooper. Luego se unirían Rod Laver y Ken Rosewall y varios más. A Rod, por cierto, le hicieron devolver la corbata de campeón de Wimbledon.

Aquellos años fueron frenéticos: partidos y partidos casi a diario. Kilómetros y kilómetros en trenes y aviones. Peleas feroces en la pista saldadas con una cerveza y un apretón de manos tras el partido, y tratamiento médico a base de masaje, whisky y filetes. Partidos en el Madison Square Garden, pero también en aparcamientos con gradas provisionales. Y la evidencia se iba imponiendo. Acabaron jugando en Roland Garros y Campeonatos del Mundo profesionales en Wimbledon. Allí, por cierto, ganó Andreu los dobles junto a Pancho Gonzales. En 1968 ambos mundos se unificarían, pero de camino España perdió con seguridad alguna Copa Davis y Andrés, algún torneo de Grand Slam.

En ese 1968 Andrés Gimeno pasaba ya de los 30 años y era un veterano con todas las letras, pero el tenis es un deporte justo y los tenistas, poco dados a doblegarse a las injusticias: su Grand Slam llegaría -de hecho, los ex profesionales coparon varios años el Grand Slam-. Ya en 1969 jugó la final del Open de Australia. En 1972, cerca de los 35 años, ganó Roland Garros ante un público que daba por sentado el triunfo de Patrick Proisy ante el viejo español que tenía enfrente. Fue el último que se conquistó hasta Arantxa, en 1989, y Bruguera, en 1993.

Colgó la raqueta y siguió trabajando. Montó la Academia que llevó su nombre, en Castelldefels. por la que pasaron entre otros Arantxa Sánchez Vicario o Alex Corretja. Se sentó luego tras el micrófono de Televisión Española, y narró triunfos, decepciones y, sobre todo, enseñó tenis dentro y fuera de la cancha, como aquella ocasión en la que a un joven tenista de talento le comentó en una charla informal varios de sus triunfos “Pues no lo sabía”, repuso “¿Entonces tú de qué me conoces, nen?”, le dijo Andrés. “Hombre, pues de ganar Roland Garros”. “Pues eso te digo a tí. Gana Roland Garros, que puedes, porque si no, nadie recordará en unos años tus otros triunfos”. Y miren, hoy es campeón.

En el año 2011, un Gimeno ya anciano recogió parte de lo sembrado en su vida cuando sus amigos, la gente del tenis, acudieron en su ayuda en una difícil situación económica y personal. Y seguramente se hubiera repetido de haber hecho falta, porque en lo que finalmente Andrés Gimeno fue rico, fue en amigos y discípulos, directos o indirectos. Porque si hoy el tenis español puede sacar pecho, es entre otras cosas gracias a la labor de Andrés Gimeno y del grupo que empezó a sacar la cabeza y mirar al mundo de igual a igual. Caballero en todo el sentido de la palabra, amigo, señor y tenista. Gracias por todo, Andreu.

 

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